Unísono

Juan pasea por la calle. En sus auriculares suena una sinfonía de William Schuman. Atento al discurso musical que le ocupa, el ritmo de sus pasos se sincroniza de manera natural. Cambia de acera al son de las cuerdas. Con el primer contrapunto melódico, justo al doblar la esquina, se topa con dos viandantes enfrascados en lo que podría ser -pero no es- una conversación enconada. Esquiva, continúa  su trayecto, cuando -en ese preciso instante, repentino, tan improbable como el agujero negro que podría un día generarse en el gran acelerador de partículas- la primera nota con la que interviene la trompeta coincide en tiempo y forma con el toque de claxon de un, entonces frente a él, conductor enfurecido.

Todo se detiene en su interior mientras el mundo sigue su curso, ajeno al milagro absurdo del que sólo él ha sido testigo y, por tanto, sólo a él asombra. El unísono le vincula, de manera tan extraña como bella, con el músico desconocido que quince años atrás grabara su interpretación para Naxos, así como con un hombre insignificante que trata de abrirse paso en las concurridas calles de la ciudad. Lo único que podrá para siempre distinguirle de ellos, es que sólo Juan sabrá que las huellas de su paso por el mundo, aun habitándolo en distintas dimensiones, coexistieron fugazmente una vez.

Unísono

 

 

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