Cosmofonías

En la revista New Scientist del 27 de marzo de 1975 se describía un complicado plan cosmofónico para “recuperar todos los sonidos perdidos del pasado”, plan basado en las diferencias de velocidad entre las ondas sonoras y las luminosas.

“Todo sonido se propaga radialmente desde su punto de origen y asciende en un frente de ondas esférico a través de la atmósfera” y, más allá, por el espacio vacío, de modo que no se pierde sino que se va diluyendo cada vez más, perpetuamente. Como un rayo luminoso tardaría sólo un día en “alcanzar un sonido que hubiera abandonado la tierra miles de años antes… un destello o fogonazao no dirigido concéntrico con el frente de ondas sonoras que persiguiera… sería retrodifundido en fase, haría de vuelta el mismo recorrido y volvería a concentrarse en la Tierra portando la modulación de amplitud y de frecuencia de los primitivos sonidos, a una velocidad 500.000 veces superior”.

Para recuperar un sonido de cualquier época o lugar se necesita sólo “esperar a que, en su movimiento orbital, la tierra traslade nuestra fuente luminosa” hasta el lugar donde ese punto se hallaba en el espacio en la época en que el sonido se produjo y lanzar nuestro destello. “El centelleo de vuelta, descifrado mediante un sistema de antenas de fotodiodo transportado en el espacio, nos revelará al fin los gritos nupciales de los mamuts, la voz de Homero recitando sus versos, las primeras interpretaciones de obras maestras de la música y la interminable cháchara de nuestros antepasados.

David Lowenthal. En busca de los sonidos perdidos.

 

No sé si el plan parecía ya trasnochado en 1975. El hecho de que jamás hubiese oído sobre él antes de emprender el proceso de documentación en el que me encuentro inmersa, ya denota un poco de esa rareza digna de programas intempestivos sobre fenómenos paranormales y teorías conspiranoicas. Como toda la física teórica -ciencia ficción- seductora en su imposibilidad de demostración, bella en su capacidad para conceder los sueños más incomprensibles.

El espíritu de los tiempos mantuvo viva la utopía del sonido viajero y sólo dos años después de la fecha señalada se envió al espacio la sonda Voyager, en la que un disco de oro aguarda, espacio adentro, a que una hipotética civilización extraterrestre lo encuentre y descodifique. En él están grabados, entre multitud de saludos políglotas y varias obras de J. S. Bach, los Sonidos de la Tierra. Toda una cápsula del tiempo para unos hipotéticos interlocutores que, ante todo, habrán de escuchar para comprender. Cuántos miles de años podrían pasar hasta interceptar una posible respuesta –si es que entonces todavía el planeta nos alberga y no hemos perdido los tímpanos del todo-, es algo que sólo podemos dejar a la misma imaginación que hace posible la recuperación del sonido previo a la era de la grabación.

Sea como fuere, lo que a mí me fascina es ese legítimo empeño por intentar comunicarnos con el mundo exterior cuando aún no hemos logrado descifrar, por poner un ejemplo, el canto de los pájaros o la mirada insondable de un felino. Orientamos los radiotelescopios a puntos ciegos del universo aguardando una señal cuando todo podría estar pasando aquí sin darnos cuenta… Qu’est-ce qu’on a déjà-vu mais qui nous reste encore-à-entendre? Ojalá este juego deliberado de palabras funcionara igual en todos los idiomas y no me incomodase esa paradoja que es el déjà-vu para nuestra memoria, anomalía concedida al sentido de la vista y de la que el oído nunca gozará sin mediar en ello un experto en psiquiatría. Todo lo que ya hemos visto, todavía aguarda a ser escuchado, comprendido.

Quizás por eso escuchar lo que no vemos resulta desconcertante y asombroso. En este maremágnum de imágenes en el que habitamos, anulamos la prevalencia de nuestros oídos sobre el resto de los sentidos. Si oímos antes de salir del vientre materno y también durante las horas de sueño, obviar que dejamos de atender a nuestro estímulo más poderoso (el que hace vibrar los cuerpos y los espíritus) nos devuelve a esa búsqueda imposible de quienes fuimos, de cómo hicimos sonar el mundo, de cuánto hemos ensordecido por querer ser observados.

Marina Lozano Lax

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