Ensimismamiento al aire libre

Echo de menos el tiempo en que no deseábamos contarlo todo sobre nuestras vidas. Desde que nos han hecho creer que libertad-para-contarlo-todo es un tipo de libertad, percibo una absurda carrera de masas por dar parte de dónde estamos, qué maravillas hacemos o qué desgracias padecemos, aguardando a cambio cualquier gesto de atención. Pocos se plantean ya que sea necesario desaparecer para permanecer en el mundo, cada vez con más intensidad, de vivir en su espacio sin documentar cada instante ni esperar un beneplácito en un directo que poco tiene que ver con la consciencia del presente.

Hace unos meses –y no por primera vez- visitaba un museo atestado de gente en el que pasar apenas diez segundos delante de cada cuadro se convertía en un reto. Comprobando con decepción cómo hasta las instituciones culturales se rigen ya más por factores cuantitativos que cualitativos, tuve que abrirme paso entre la muchedumbre vociferante para poder observar, en perpetuo movimiento, cada uno de los cuadros que allí se mostraban. Así –opinaba para mis adentros con contenida indignación- es difícil retrotraerse al proceso creativo de cada obra, al duelo de su creador, a la grandeza de saber su obra terminada o, quizás, al pudor de tener que mostrarla a pocos metros de las de alguno de sus ídolos.

Lo mismo me ocurrió en otro monumento, donde cientos de personas se abrían paso con sus palos selfie, tratando de encuadrar cada detalle y cada paso  con su pantalla de móvil, sobre la que su propio reflejo merecía más atención que la obra junto a la cual se retrataban. La pretensión de llevarse imágenes que atestiguaran su paso por el lugar era mayor que la oportunidad de exponerse a la experiencia y recordar las sensaciones suscitadas por el hecho de haber recorrido ese espacio: sus sonidos, sus olores, sus luces y sombras, las pisadas que dieron hasta llegar allí.

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He entendido que es el mal de nuestra época que nuestra vida se debata entre esos dos extremos opuestos: la necesidad de transcender y la banalización generalizada de quienes lo consiguieron. Una piensa que progresamos gracias a las aportaciones de quienes nos precedieron, y que por eso sentimos el deseo de dejar una huella en el mundo, de contribuir en algo a esa nebulosa inmaterial de ideas que definiera Alan Moore. Sin embargo, huelga admitir que nunca importarán los nombres de quienes tallaron los muros de cualesquiera de las catedrales que hoy admiramos, el de quienes cartografiaron el mundo antes de que Colón llegara a América, o el de los porteadores que acompañaron a cada alpinista en su camino hasta la cima de un ochomil. Creo que este cúmulo de hazañas en la sombra es lo que ha dado por llamarse “historia débil”: las historias que, por lo general, no se cuentan ni se cuestionan pero que determinan el curso de los grandes logros humanos. Muchos de ellos debidos en parte a los Antiguos, que fueron quienes alzaron su vista al cielo para orientarse en sus viajes, para decidir el momento propicio de la siembra o para nombrar a los protagonistas de las fábulas en las que todavía hoy, sin que su vigencia nos importe demasiado, se inspiran muchas de las narraciones que adornan nuestro tiempo de ocio.

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Mi “historia débil” particular (esa que nunca ocupará a mi curriculum vitae ni a una hipotética biografía), se escribe ahora bajo un ansiado cielo abierto, desde el que sólo el sol marca las horas, en el que varias bandadas vuelan en direcciones cambiantes y bajo el cual las ramas de los árboles se mecen, creando ese murmullo que recuerda a las olas desvaneciéndose en la orilla. Es como si el mundo siguiera su curso indiferente a la presencia de quien ha creído descubrirlo -cada vez por primera vez-, donde todos los días son domingo y no importa nada de lo que yo sienta al respecto.

Marina Lozano Lax

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