Vidas y obras

Miro las estanterías de mi estudio y pienso en que pronto empezarán a quedarse pequeñas. A mi humilde biblioteca se suman poco a poco algunos libros nuevos, sin que para otros anteriores haya llegado el momento propicio de ser leídos. Hoy abro y hojeo de nuevo un tomo de relatos que compré de segunda mano a una librería al otro lado del Atlántico. Una de esas rarezas editoriales que acaban en tus manos tras largas horas de pesquisas entusiastas, porque un escritor hablaba de ese libro en otro, y otro compositor citaba el texto como fuente de gran inspiración, y resulta que hacía años el autor de marras había recibido el Nobel, ¡y cómo podía ser que tú ni siquiera hubieses oído nombrarlo!

Abro el libro -como decía- y me percato de todos los pasajes subrayados que hay en él. Hasta párrafos enteros, en ocasiones, que no guardan una relación aparente entre sí. Me hace preguntarme por el motivo de las marcas, por la significación y cometido que podrían haber tenido para su antiguo propietario, por el propietario mismo y la opinión que le mereció la obra, por los motivos que le llevaron a desprenderse de un libro cuya lectura parecía haber sido tan exhaustiva. Pienso en lo que pensaría cualquier nuevo propietario de alguno de mis libros si me viese en la necesidad de desprenderme de ellos: quién sería, a qué momento de su vida contribuiría, si le importunarían los subrayados que prueban el paso previo de otros ojos por allí y que derrumban la falsa creencia de pertenencia exclusiva hacia la lectura que nos llevamos entre manos cuando ésta nos entusiasma.

Subrayado

Una sensación parecida a la de muchos intérpretes hacia sus partituras preferidas, pero quizás menos desgarrada y contradictoria, en tanto que a los músicos nos perturba esa confrontación entre el deseo por compartir lo que sabemos tocar y el celo al constatar cuántos de nuestros iguales pueden hacerlo también, participando del mismo gran prodigio y del mismo gran misterio.

*

Mi reflexión continúa con el libro en las manos, antes de emprender su lectura: cuántos de los textos que en su día creí reveladores no eran ya novedosos para el resto de los mortales, cuánto persistirá en mí el asombro por un pretendido descubrimiento, qué impacto me causarán las obras que aún no conozco, cuánto de propio suscitarán en mí, y al mismo tiempo, cuánto de ajeno.

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