Enmudecimiento

Cuando estudio a un autor que admiro, o a algún personaje ilustre de la historia, me imagino cómo sería en realidad: su estatura, su mirada, sus gestos, su manera de hablar o de callar. Siempre me ha intrigado cómo habría sido conocer a Bach, y alguna vez he fabulado sobre qué podría decirle a Beethoven o a Ravel de poder dirigirme a ellos en un hipotético viaje atrás en el tiempo.
En mis imaginaciones acabo absorta, observando al genio sin que ninguna de las tantísimas preguntas que siempre me he hecho al estudiarlos alcance la punta de mi lengua. ¿Qué podría expresarles más allá de una obvia gratitud, de una extraordinaria admiración…? Sería difícil decir algo sin poner en evidencia todo a cuanto aún no puedo hacer honor de sus obras, sin caer en la indiscreción de intentar conocer mejor sus vidas, sin la vanidad de captar su atención a la espera de un pequeño consejo, o de ser testigo de uno de sus momentos de iluminación. Así que, simplemente, si me encontrase con cualquiera de ellos, me quedaría ahí quieta, escuchando en silencio la procesión de emociones desfilar dentro de mí, observándoles como si fueran una alucinación.
Franz Liszt

Franz Liszt. Fuente: Meloclassic

Hoy me he encontrado con esta fotografía de Franz Liszt, a quien, como a tantos otros, sólo recordaba haberle puesto cara en pintura. Es como un golpe en la conciencia. Lo miro y se me hace más patente esa extraña sensación, a caballo entre la curiosidad y el enmudecimiento.

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