Evocación de la forma

Son días de recuperar el estudio de algunos libros olvidados que han suscitado en mí viejas inquietudes. Una tras la otra, avivando y respondiendo por igual los interrogantes que entre ellos coexisten, se acumulan lecturas de los tipos más variados.

El quid que me trae de cabeza últimamente reside en el concepto de “forma”. Dada su complejidad, podría limitarme a dedicarle una entrada en este blog, como ya lo he hecho anteriormente (véanse Atónita, Signo o Diálogo), en la que reprodujera las veinte acepciones reconocidas a esa palabra por el diccionario de la lengua, con más intención de sembrar una duda que de arrojar algo de luz al respecto. Sin embargo, me parece más oportuno en esta ocasión escarbar en este tema fascinante e ineludible en la experiencia de hacer música, de tomar fotografías, de doblar papel o, simplemente, de estar en el mundo.

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Acertaba el malquerido Arnold Schoenberg al afirmar que la forma en el arte, y en música especialmente, tiende de manera primordial a la comprensión. Una opinión de la que –pese a la diferenciada naturaleza de las realidades descritas- no dista tanto de la del científico Jorge Wagensberg: la forma de un objeto es una propiedad de la superficie frontera que separa su interior de su exterior. La forma es una profunda propiedad superficial de un objeto. También es una propiedad que puede ayudar a su comprensión. La forma permite la comprensión, del mismo modo que la semilla permite el fruto. Esto lo podría haber pensado alguna vez Karl Blossfeldt (o, al menos, me gusta imaginar que podría haberlo pensado), pero nunca lo sabremos, ni podremos negarlo rotundamente.

Blossfeldt adiantum-pedatum

Karl Blossfeldt, Adiantum pedatum.

Al parecer, la naturaleza no genera formas nuevas sino que, desde lo más pequeño (las cadenas de ADN, los cristales de hielo, las celdas de un panal de abejas) hasta lo más grande (los rayos, los planetas, las galaxias), repite sus estructuras formales. La clave de esa repetición radica en la eficiencia y conservación de dichas estructuras, que distinguimos y categorizamos porque podemos entenderlas: el prisma, la hélice, la esfera, el hexágono y muchas otras y más complejas. Me pregunto, con todo esto, si el hecho de que las personas, las obras que éstas alcanzan a crear o los objetos naturales se nos parezcan estructuralmente, responde a lo limitado de nuestro conocimiento, pues no podemos comprender lo que no tiene forma o tiene una forma innombrable.

Palomitas color

La amiga de Pan y su personal evocación de la forma.

Esto explicaría el profundo atractivo e imaginación que nos infunden las formas que evocan a otras. La llamada “pareidolia” parece ser una de esas curiosas confusiones de nuestro cerebro: ver caras donde no las hay. Se cuentan innumerables casos (hilarantes muchos de ellos) que van desde el frontal de un automóvil hasta la superficie de Marte fotografiada desde el espacio exterior, donde los amantes de lo paranormal afirmaban ver aflorar el rostro de una criatura inquietante. Se cuentan entre estos desvaríos de la percepción las figuras ambiguas y reversibles, entre las que no puedo dejar de mencionar el manido “patoconejo” con el que un grupo de profesores de Filosofía intentó, más de una y dos veces, explicar a la clase en la que me encontraba el pensamiento de Wittgenstein, mientras yo anhelaba eso de aquello de lo que no se puede hablar, mejor guardar silencio. Silencio para evocar el Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel, dedicado al hermano del propio Wittgenstein (quien perdiera un brazo en la guerra), coetáneo, a su vez, del surrealista Erik Satie, el compositor que ideó las Tres piezas con forma de pera, para piano a cuatro manos.

Patoconejo

La ilusión óptica del pato-conejo, publicada en la revista satírica Fliegende Blätter, año 1892.

El siglo convulso al que dieron comienzo estos dos distinguidos compositores franceses se saldaría con innumerables intentos por transcender la sonata (forma musical por antonomasia), o lo que es lo mismo, la obra basada en la polaridad de dos temas contrastados, su desarrollo, su reexposición: el clásico “planteamiento-nudo-desenlace” de la narrativa, para entendernos. La conclusión, tras muchos experimentos creativos nada desdeñables, vino a ser que no podemos escapar definitivamente de la forma por mucho que nos esforcemos, sino más bien vivir a su resguardo y salir a dar un paseo con la certeza de que necesitaremos volver tarde o temprano. El retorno es, al fin y al cabo, un principio de la forma. Hay que volver para comprender.

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