Aburrimiento

Últimamente he leído algunas cosas sobre el aburrimiento, sobre el pánico a aburrirnos. Al parecer, nos cuesta mucho entender que el tiempo improductivo, vacío de estímulos y propósitos, es tiempo idóneo para que afloren ideas insólitas y variopintas que no tendrían cabida en el frenesí de la cotidianidad. Más, si cabe, en esta época en la que cualquier información que no sea de rabiosa actualidad está condenada a caducar de inmediato, en la que matamos el tiempo saltando con facilidad de un contenido a otro, sobre una pantalla digital, hojeando una revista o forzando conversaciones sobre la meteorología del día y el calentamiento global en general.

En esta cavilación andaba yo durante un obligado reposo vespertino, demostrándome mi impotencia ante el tedio y mi deseosa rendición al entretenimiento. Y es que, allá donde aguardan unos minutos de vigilia en calma, acecha la tentación del sueño o del pasatiempo. Encontrar una ocupación se antoja crucial para perder la noción de ese tiempo vacío que, por un lado, parece no pasar, y por otro, no se detiene nunca. Recuerdo que aquella fue la revelación de uno de los muchos personajes habitantes de la ciudad imaginaria que el portugués José Carlos Fernandes creó para su historieta La peor banda del mundo: un funcionario encargado de detectar mensajes ocultos al reproducir del revés todos los discos lanzados al mercado y que descubre una frase inquietante al retrogradar un tema de heavy metal: “Los años pasan tan deprisa, los días tan despacio”.

*

Decía que estaba experimentando esto, cuando decidí alcanzar la radio que siempre me acompaña en casa, tratando de sintonizar el dial, sin saber muy bien dónde detenerlo. Al igual que en Internet o en la televisión por cable, hay en radio tanto para elegir como para desdeñar, y, desde luego, el entretenimiento está garantizado antes de claudicar, durante el rato que uno pasa descartando lo que no desea escuchar y dilucidando lo que sí.

En ese rato me di cuenta de que, en efecto, disfruto mucho, no ya con las propias emisiones, sino con el tránsito infinitesimal de unas a otras y con cómo, aleatoriamente, se crean conexiones entre ellas, plagadas de raras asociaciones. Estaba en lo cierto al sospechar que ese mismo efecto lo habían perseguido, hacía décadas, algunos compositores al experimentar con la susodicha aleatoriedad. Imaginary Landscape nº 4 de John Cage, y Candle Piece for radios, de su alumno George Brecht, ya jugaban con las posibilidades contrapuntísticas de varios transistores de radio en funcionamiento alternativo. Llegaba entonces (y no por vez primera) la siguiente constatación de la tarde: todo se ha hecho ya. Cualquier ocurrencia, por nueva que nos resulte, fue pensada y fascinó, como poco, a una generación muy anterior a la nuestra.

*

Continué, durante un rato, rodando el dial de mi transistor analógico, asistiendo a la sucesión irrepetible de emisiones entrecortadas. Se me ocurrió que resulta una sensación parecida a la de mis paseos dominicales, durante los cuales voy cruzándome con personas que marchan en sentido opuesto al mío, y de cuyas conversaciones alcanzo a escuchar apenas media frase, quedando intrigada por la resolución del sintagma, de la trama, del destino de sus vidas, de las que podría crearse un patchwork narrativo (cuasi fotográfico), que aboliera toda temporalidad y, con ello, todo aburrimiento.

 

Tréboles

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