Origami

Bola origami

Plegar papel con cierta pericia es lo más cerca que estaré nunca de ser escultora. El origami, que representa para mí una vocación reciente, espontánea e inmotivada, llega a absorber, a rachas intermitentes, parte de mis horas libres. Libres porque pueden dejarse pasar sin la premura de una tarea que ha de ser finalizada por imperativo, esto es, libres porque no han de ser utilitarias. Merece por ello el origami un modesto puesto en mi lista de pasatiempos, que son las ocupaciones que más disfruto y menos desmerezco, por su inutilidad, por su gratuidad, por la imposibilidad de deberse a nada ni nadie más que a la propia contingencia o el gusto, por la oportunidad que me ofrecen de aprender algo nuevo con cada nuevo intento y que eso nuevo surja sólo de mis propias manos, por imperfecto que sea.

Lo que hay de asombroso en los objetos y le es propio al origami se aprecia al término del proceso de creación, cuando montones de pliegos fallidos, esbozos de una figura que no llegó a completarse (o que sí lo hizo y evidencia leves diferencias con respecto a las demás) se acumulan sobre la mesa. Una siente que sería sacrílego desecharlas, como lo sería tirar a la basura un jarrón de porcelana intacta o una fotografía enmarcada que hubiese lucido en la pared de nuestra casa. Su resultado no es poco, pues no da para más que admirar el prodigio posible de un trozo de papel al que la forma ha dotado de una entidad misteriosa.

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