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El verdadero silencio no está necesariamente en la lejanía ni en la neblina de una vaguada ni en una cámara anecoica, sino, con probabilidad, en la intuición de un más allá del lenguaje, en esa “zona zaguera de la inteligencia” de la que habló Plotino, y en los dominios donde el ego pierde su cimiento. […] Estar solo, callado, favorece la pérdida de la dualidad, facilita caer en la cuenta de que uno es ante todo, y muy íntimamente, la relación con lo que ignora. […] Esta mirada desde el silencio puede convertirse en un modo efectivo de acercamiento a las cosas, al mismo tiempo que sirve para distanciarse de ellas y advertir que nada está necesariamente en lo que aparece como inmediato, y que el entendimiento procede, siguiendo a Plotino, de una contemplación que lo transforma todo en conocimiento.

 Ramón Andrés, en No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

No ha pasado tanto tiempo desde el día en que me pertreché de una cámara y, si bien no logro emplearla con maestría, sí he conseguido entender por qué me fascina la fotografía. El acto de fotografiar entraña un silencio en mi interior, complementario al acto de la interpretación musical a la que dedico la mayor parte de mis horas. Sólo cuando ya no he de ocuparme en la música, las fotografías que tomo emanan del silencio. Esto no quiere decir que de una escena o de su imagen no pueda apreciar un movimiento, un ambiente, una sonoridad, sino que en el proceso creativo hasta captar la imagen tengo la ocasión de desarrollar la capacidad contemplativa necesaria para mi propia realización vital. Esa calma que persigo en el proceso creativo de la fotografía me ha devuelto el interés por el silencio en tanto que vivencia y condición para la escucha.

A la vez, tener el sonido como elemento de trabajo refuerza el valor que me merece el silencio, sea como elemento del discurso musical o como mero estado receptivo. Ese valor se hace hoy patente en la mayoría de auditorios, donde la dificultad de algunos espectadores para seguir con atención determinadas obras del repertorio está más extendida desde que estamos constantemente conectados, al alcance de una cantidad desaforada de información que, lejos de ilustrarnos, imposibilita el silencio necesario para permanecer en lo esencial.

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Escuché una vez que el tiempo promedio que somos capaces de mantener nuestra atención viene determinado por la duración de las canciones pop, un tope que han emulado y rebajado los trailers, los anuncios televisivos, la alta velocidad de conexión a Internet. Parece que tres minutos es el actual límite de tolerancia a la espera, que desespera cuando no obtenemos de ella una satisfacción inmediata, pues el tiempo de espera es ruido para la mente. Así lo revelaron el año pasado los resultados de un experimento en el que una mayoría de voluntarios prefirió sufrir una pequeña descarga eléctrica a cambio de no tener que permanecer quince minutos sentados en silencio ante sus propios pensamientos. ¿Por qué esa aversión a la introspección?

Quizás John Cage –cuya condición de compositor le ha granjeado críticas enconadas a lo largo de la historia- habría tenido algo que decir sobre todo esto. Muy familiarizado con la filosofía oriental, realizó experimentos en torno al fenómeno del silencio, concluyendo que este es inexistente, pues, aún en el más concienzudo aislamiento, percibiremos el sonido de nuestra propia respiración, de nuestro propio palpitar. Cuando, en 1952, Cage presentó su controvertida obra 4’33’’ (en la que un intérprete sin definir debía permanecer en silencio en la escena sin hacer nada más que escuchar las reacciones del auditorio) quería evidenciar que el silencio, en tanto que ilusorio, es un espacio vacío y un tiempo mudo en el que cualquier sonido es posible. Esa ausencia de sonido por encima de un rango promedio de decibelios, descubre otros sonidos que están ahí y no percibimos sin prestar atención. El silencio aparente es entonces infinito porque puede adoptar cualquier carácter, al favorecer la apreciación del propio interior y la presencia de nosotros mismos ante la totalidad. Supongo que no le son ajenos los escritos de Cage al afamado Alfred Brendel, quien en su último libro apostilla el anagrama que son correlativamente las palabras inglesas “silent” y “listen”, incidiendo en la idea de que el silencio es intrínseco a la escucha.

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Rain Tree

El silencio como ejercicio contemplativo o revelador, como sugestión, el silencio retórico, para poner en valor el mensaje precedente, para dar dramatismo al discurso al que introduce, el silencio como música en potencia… Distintas formas del silencio rondan mis pensamientos estos días. A ellos he llegado al recordar, en el acto de fotografiar, una obra de Toru Takemitsu (1930 – 1996), compositor de cuya existencia supe al término de mis estudios y hacia quien vuelvo ahora mi interés, inspirada por su profundo misticismo y sensibilidad: soy de esos que quieren escuchar lo inaudible y ver lo invisible -reza en uno de sus libros. Como si esa fuese una aspiración común…

-TACET-

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