Escuchar con los ojos, ver con los oídos

Bailarina

Desde mi asiento al piano cada día que trabajo diviso el mundo que se mueve al otro lado de la ventana. Como las bailarinas que se ejercitan en la barra mientras toco, muestra un ritmo que se oye con los ojos.

Esta experiencia visual e indisolublemente sonora se me presenta como síntesis de una evidencia muy significativa dentro del aula de danza: la premisa conjunta para músicos y bailarines, quienes han de aplicarse mutuamente en el principio “escuchar con los ojos y ver con los oídos”, para poder así trabajar al servicio del otro siendo un todo y no sólo su mitad.

Cuando hablo de “escuchar con los ojos” o “ver con los oídos” no aludo al particular fenómeno de la sinestesia (que tantas obras de arte ha generado en mente de diversos creadores) sino a una asociación sensitiva fundada en la mímesis, en la capacidad de emular expresivamente cuanto comprendemos.

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La mímesis, familiar para coreógrafos y cineastas, es uno de los recursos persuasivos de la retórica clásica. Se introdujo en la música durante el período barroco, dando lugar a la creación de determinados giros musicales (recurrentes en los argumentos dramáticos) cuya expresividad definía el texto al que acompañaban. Esos giros y rasgos formales de la música fueron dotados de una intencionalidad expresiva que perduraría en el tiempo haciendo surgir, en último término, estructuras “programáticas”, es decir, basadas en la evocación de una trama literaria e implícitamente visual.

No en vano, nuestro lenguaje coloquial emplea el verbo “sonar” en la acepción de “recordar”, un poder que es atribuido al sentido de la vista y a su capacidad de generar las imágenes que configurarán nuestra memoria. La luz, el matiz, el color de esas imágenes… son, además, cualidades del sonido. Nos lo enseñaron algunos compositores tiempo después de la consagración del simbolismo poético y el impresionismo pictórico.

Así siento, cuando escucho Debussy, que la música toma el aire y se hace verano a mi alrededor, con ese calor, esa calma y esa luz de la tarde estival. A lo mejor es porque estudié más Debussy en los meses de verano y ahora no puedo disociar esas sensaciones y dejar de asumir que su música, tal y como me señaló un colega, se define en su evanescencia, hasta convertirse en una visión, en un olor, en cualquier otra cosa.

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Escuchar con los ojos es el silencio que me permite ver lo que podría sonar; ver con los oídos es la ceguera que me permite escuchar lo que podría mostrarse. Ninguna de esas cosas significa nada y, sin embargo, lo son todo para mí.

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