Credo

Pero, ¿quién se fiaría de un hombre que no cree en nada? ¿Qué clase de certeza alberga, más que la de vivir entregado a la incertidumbre?

Juan Carlos Onetti, en Dejemos hablar al viento.

Marina Lozano Lax

Los publicistas lo saben bien y este año nos lo han mostrado sin tapujos: compramos lotería de Navidad por no ser los únicos de nuestro pequeño entorno a quienes no les toque un premio. Además del potencial agravio, claro está, también compramos porque creemos en la ínfima probabilidad de vernos agraciados con una cuantía millonaria.

Este fenómeno, a la vez entrañable y descorazonador, nos muestra nuestra verdadera naturaleza, y es que, si bien necesitamos creer que existe una opción reservada a nosotros en este mundo sin razón, nos resignaremos a perderla ante el consuelo de haberla perseguido con emoción o de no necesitarla verdaderamente. Pues a todas luces queda demostrado que, en este mundo nuestro, para ser premiados no basta con los propios méritos, la honradez o la categoría moral. Para resultar premiado sólo hace falta un golpe de suerte que, irónicamente, como la guadaña, puede caer sobre cualquier lugar.

Hoy, que hemos relegado el culto religioso a un segundo plano y la espiritualidad artística se cotiza muy alta, depositamos nuestra fe en lo prosaico. Establecemos aspiraciones -quimeras tal vez-, en base a nuestros deseos y gustos, de modo que podemos hacer de lo más peregrino un objeto de devoción. En cierto modo es curiosa esa facilidad para autoimponerse limitaciones: decidir qué alimentos se van a dejar de comer, a qué colores se va profesar devoción, a qué bandera atenerse. Principios que defendemos para perpetuar la creencia de que cuanto hacemos por ello tendrá un sentido ulterior.

Como ocurre con la lotería, de saber que la fe que profesamos en nuestras vidas es tan grande como vana su realización, nadie anhelaría un mundo mejor cuando su propio esfuerzo no es susceptible de cambiarlo. El prodigio de creer en algo inverosímil es la ilusión que pretende agrandar nuestro conocimiento de las cosas, pero al mismo tiempo representa nuestra capacidad de retracción y de abstracción, o lo que es lo mismo, la capacidad de acotar nuestro entorno, de quererlo más conocible y satisfactorio, como un hogar.

*

Siempre me he esforzado por no creer en nada para poder albergar cualquier idea y sigo sin poder saber si eso es mejor o peor, porque la fe parece a la vez lapso del intelecto y privación de la ignorancia.

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