De Giacometti y otros procesos

Alberto Giacometti le decía en una entrevista a André Parinaud que seguía esculpiendo, a pesar de no satisfacerle sus resultados, porque sentía que siempre ganaba algo. La completa realización de sus esculturas era cada día más lejana porque cada día conseguía también ver más lejos, y en esa búsqueda de un camino hacia la meta avanzaba comprendiendo el mundo un poco mejor. Para Giacometti, como habría de serlo para todo artista, el proceso creativo era el fin en sí mismo.

Cada palabra de este compendio de entrevistas recogidas en sus Escritos me conmueve por su honestidad, inspiradora y ejemplar. De qué manera descubre sus obsesiones, declara sus limitaciones, se pone al servicio de su obra, en ese trabajo pesado que a veces se convierte en una cruz -como apuntaba Kandinsky-, pero que puede también llegar a ser una epifanía.

Y es que en el abismo que separa una idea de su realización hay sembrada una quimera que crece con cada obra, abriendo paso a nuevas realizaciones, modelando la idea en la que se fundan, ensanchando las capacidades y el entendimiento y quizás con ellos la conciencia de las propias carencias, que garantizan una dedicación perpetua al imposible. El trabajo que nadie ve, pero que acoge a la vez lo más sublime y decadente de un duelo que -aseguraba Giacometti- siempre merece la pena.

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Me resulta curioso descubrir que sintonizo con ese afán de persecución infructuosa (no en vano motor de la creatividad), en el que la labor de un músico tiene mucho que ver. Mi maestro me preguntó una vez con deliberada impertinencia, por qué tocaba el piano. A todas luces no se trataba de una pregunta inocente porque entonces ya aspiraba a denominarme “profesional”, pero tampoco creo que fuera una pregunta para la que esperase respuesta lúcida e inmediata, y sin embargo avivó un pensamiento al que me ha hecho volver esta lectura y que reaparece cada vez que un gran espíritu se revela en su obra.

En el acto de tocar se ofrecen varias formas de construir el mundo y se toma conciencia de que en la fugacidad de una pieza habita, aun en soledad, el prodigio de una existencia compartida. Hacer música es olvidarse de uno mismo por un instante y formar parte de lo que está más allá, incluso cuando el “yo” encarna una limitación. Es reparar en la delicadeza de un discurso, pero también en el poder que alberga. Uno no tiene nunca mayor sensación de estar reiniciando su trabajo a cada momento como cuando está interpretando, porque sabe que cada nuevo intento será único, y que su posibilidad de perdurar en el recuerdo ajeno será, como la vida, menor a cada segundo.

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Pienso en Giacometti y en todo lo que me queda por tocar, sonidos por esculpir. Pienso en la necesidad de abrir nuevos caminos para perseguir algo que huye constantemente. En enloquecer para dar con el punto justo y desecharlo después. En una vida inagotable.

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