Palabras

La reciente lectura de un poema de José Ángel Valente me ha devuelto a la mente la idea del zen y la imposibilidad de definirlo. Una paradoja que incomoda en la cultura occidental, cuya tradición filosófica se funda en la sistematización y ordenación del pensamiento. Precisamente lo que me llama la atención de este poema es cómo las palabras son poderosas y aún así casi siempre insuficientes para nombrar cuanto puede ser en las dimensiones de lo posible y lo figurado.

José Ángel Valente

Poema de José Ángel Valente, en “Material memoria” (1979)

Durante años me he formado en el terreno artístico, que se impone a las letras en el punto donde su poder evocador ensombrece. Tratándose las letras y las artes de lenguajes en última instancia intransferibles, sorprende constatar hasta qué punto seguimos valiéndonos de las palabras para decir sin decir, en un intento desesperado por aproximarnos a lo que queremos conocer, ya sea cuando ha de transmitírsele a otra persona en el ejercicio de la enseñanza, o cuando se le revela a uno mismo en su propia experiencia.

De los profesores que he encontrado en el transcurso de mis estudios siempre me ha fascinado su capacidad para explicar de la forma más sencilla los conceptos más complejos, sirviéndose de símiles y metáforas, imágenes recurrentes de la vida cotidiana como lo podrían ser el rebote de un balón, un suspiro, el movimiento de las hojas de un árbol al paso del viento, el orden que guardan varias personas en una fila, la trayectoria informe de una bandada de pájaros al alzar el vuelo. No me refiero aquí a conceptos concretos, sino al valor de las imágenes que pretenden ilustrarlos, a las sensaciones que suscitan y que cito deliberadamente en el convencimiento de haberlas oído alguna vez.

Sucede lo mismo (pero a la inversa) con las cosas sencillas, que son hechas y dichas de modo complejo, resultando acaso más sugestivas en la tentativa de comprenderlas. Así, me ocurre a menudo dar con objetos o gestos que desencadenan la explicación de un fenómeno complejo o de una creación a él atribuida, como ocurriera con la caída fortuita de la manzana que llevó a Newton a deducir la Ley de la Gravitación Universal.

Obviamente sin llegar tan lejos como Newton, pero en una actitud igualmente contemplativa, me ha venido a la mente la música de György Ligeti (1923 – 2006), compositor sobre el que hace años trabajé sin poder entender muy bien a qué se refería cuando decía que su obra encontraba inspiración en los fractales y la Teoría del Caos. Para mí, que entiendo que, de algún modo, las matemáticas pueden esconder una belleza inexplicable y que también entiendo –porque puedo leerla- lo compleja que es esa música, era muy difícil poder establecer un paralelismo entre ambas. Como ocurre con tantas otras abstracciones, la verdadera comprensión de la Teoría del Caos ha estado y estará siempre fuera de mi alcance porque no la pueden definir las palabras y no domino las matemáticas complejas. Sin embargo puedo apreciar, cuando los veo, los fenómenos que explica: las ondulaciones de la superficie del mar, las irisaciones multicolor de una pompa de jabón, la constante transformación de las nubes…

De esa apreciación del ser de las cosas que no responde a las palabras nace la sensibilidad que nos conecta con el mundo, y tras ella, las primeras figuras retóricas que tratan de explicarlo, por fortuna sin llegar a conseguirlo. Pues, como dice Vladimir Jankélévitch, lo inefable desencadena en el hombre un estado de entusiasmo.

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