Instinto de conservación

Hoy he afilado por primera vez a unos lápices de colores que obtuve en un concurso escolar hace más años de los que quiero reconocer. Los he usado muy tímidamente desde que los saqué de un cajón para aceptar que conservarlos intactos por pena a gastarlos restaba mérito a mi -ya de por sí- irrelevante triunfo.

Ninguna idea ha sido en todo este tiempo lo suficientemente especial como para recurrir a los colores que forman este arco iris de madera, así que, hasta hoy, todos han seguido igual de parejos sin denotar cuál ha merecido el favor de ser gastado antes que los demás.

Puesto que ya he perdido el don de dibujar, me doy el gusto de usar esos lápices únicamente para señalar algunos pasajes “malditos” de mis partituras, pretendiendo advertencias cuyo color no responde a otro criterio que la arbitrariedad, como sucediera -si acaso remotamente- con la sinestesia de la que disfrutó en vida y obra el místico Alexandr Skriabin.

Lo que me pasa a mí con estos lápices de colores lo he visto padecer en otros en forma de innumerables veneraciones banales. Reservar las prendas más favorecedoras para ocasiones que creemos especiales sólo porque nos vestimos con ellas, conservar alhajas y cachivaches en cajas olvidadas, evitar prestar libros especiales, el último bocado reservado a la cucharada más sabrosa, como si nada de lo que viniera después fuera ya digno de atención…

Me gustaría poder repudiar este hábito absurdo y sin embargo no puedo. Sé que en el temor a degradar aquello que nos es preciado reconocemos la finitud de la belleza que, mientras existe para nuestros sentidos, dulcifica la gravedad de lo cotidiano.

Un comentario en “Instinto de conservación

  1. Todos tenemos esos veneraciones banales. Pero el miedo a la pérdida de esos objetos, a su desaparición, nos hace abocarlos a su no-vida.
    ¿Cómo generarías sinestesias con tus partituras si no sacaras los colores del cajón? ¿Y acaso no son más ricas éstas que las creadas con cualquier otro lápiz?
    La vida, que es presente, está llena de pasados. Y entreverarlos en nuestro devenir cotidiano es el mejor homenaje que les podemos hacer.
    Úsalos Marina, la belleza sólo se extingue si nadie la mira, si no sirve para generar más belleza, quizá simplemente una emoción.
    Y gracias por tus letras que nos hacen aflorar esa sonrisa tierna a la que nos lleva la evocación de nuestro propio ayer.

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