El verdadero final del verano

Siempre he tenido la sensación de que el verano termina dos veces y ninguna de ellas es en otoño. Una, cuando acaba el mes de agosto; otra, cuando empieza a hacer frío para no volver a hacer calor. Esto es relevante en tanto que lo que nos condiciona como cultura, más que el idioma, el ideario o las costumbres, es el clima. El clima lo determina casi todo de nuestro carácter y la configuración de nuestro mundo. A saber: la arquitectura, la dieta, la indumentaria, la motivación para trabajar sin descanso o la capacidad de desarrollar una vida social significativa, por poner algunos ejemplos mundanos.

Al menos en la tierra de la que provengo, que se hace decir en primer lugar “mediterránea”, el tiempo que pasa desde el final de agosto hasta el comienzo del frío es cada vez menos pródigo en lluvias sorpresivas y más en días cálidos. Gracias a ese buen tiempo, la secuela de mi verano se ha hecho posible una vez más frente al mar, en la calma necesaria para tomar conciencia de las cosas esenciales, que son también las más sencillas y, sin embargo, a las que más tiempo robo una vez el verano toca a su fin.

Caminar y nadar encabezan esa lista imaginaria de privaciones prohibidas. Ambas contribuyen sin mayor esfuerzo a que mis necesidades vitales establezcan su verdadero orden de prioridad. Caminar porque ralentiza los pensamientos desenfrenados, hace germinar las ideas que van a alguna parte. Y nadar porque disuelve las preocupaciones, que son más de quedarse en tierra, para caminarlas.

Cuando estoy frente al mar solitario de septiembre, al igual que me ocurre cuando subo una montaña, aflora en mí un sentimiento de pertenencia al entorno que no existe dentro de los confines de la civilización. La grandeza del paisaje es un bálsamo para la conciencia de estar en el mundo: apacigua la impaciencia, la pérdida, obliga a aceptar los propios miedos, límites y debilidades. En esta época de inflaciones irrefrenables, en los que la velocidad lo gobierna todo, en que el tiempo corre cada vez más aprisa para nunca más ralentizarse, el mar nos recuerda que los parámetros siguen siendo otros en su dimensión, que para él nunca sobran el respeto ni la contemplación.

Pisar con pies descalzos, dejarse flotar en el agua, observar el horizonte… De esa comunión con el paisaje que crece al otro lado de una orilla surge también una mirada hacia el pasado, un encuentro con la que una vez fui en ese mismo lugar hace ya tantos años y que hoy busca acertar en qué momento maduró sin darse cuenta. Me cabe el consuelo de que el crecimiento implica renuncias que la imaginación impide, por eso me parece que, a pesar de todo, el verdadero final del verano es un tiempo optimista, tan propicio para las despedidas como para los nuevos proyectos y aprendizajes fraguados a la sombra de una posibilidad remota, de un pensamiento infantil libre de miedos, límites y debilidades, que se aleja del mar con pena porque aún tiene mucho que crecer para saberse pequeño.

Marina Lozano Lax

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