Lecciones naturales

La tórtola entona su mantra, un canto hipnótico que repite con regularidad metronómica. La escucho al amanecer, desde la cama. Me sorprende con su exactitud rítmica justo el día siguiente a un ensayo excedido en síncopas y contratiempos frustrados, que insinúan el cese momentáneo de mi supuesto talento interpretativo. Así que es fascinante oír cómo esta ave cuenta hasta cuatro sin saberlo, cómo en esa cadencia, lenta pero insistente, el canto cobra valor en el silencio que le sigue.

ritmo tórtola

Así hacía la infatigable tórtola.

Sucede que en el momento exacto en que su perpetuum mobile comienza a rayar lo exasperante, otra tórtola hace su entrada en sincrónica consonancia, y espontáneamente, resuelven el canto llano en una sencilla polifonía, induciendo así una nueva y necesaria actitud de escucha. Para mi asombro, su dúo tarda apenas un minuto en devenir coro. Todos los árboles de la calle bullen en canon, como ocurre con el caótico aleteo de las cigarras en los días de calor, vayamos a saber si por una suerte de complacencia colectiva.

A estas alturas de la catarsis, ya café entre manos, tímpanos vibrantes, suspiro y me acuerdo de Olivier Messiaen (1908 – 1992), uno de los maestros que dió el siglo XX en materia musical. Messiaen, organista de profesión, consagró buen tiempo de su vida a atender al canto de los pájaros, dilucidarlo, convertirlo en parte de su lenguaje compositivo. Toda su obra es una estilización de los más diversos cantos de pájaros, resultando de ella un particular estilo que todavía algunos atrevidos califican hoy de “contemporáneo”, cuando, a mi parecer, tendrían que decir más bien “actual por los siglos de los siglos”.

Además de su producción musical, Messiaen escribió una extensa obra literaria, entre cuyos títulos destacan con creces los siete volúmenes de su Tratado de ritmo, color y ornitología, una loa al mundo natural y a las culturas a partir de las que encontró su propia música y el fundamento sobre el cual la desarrolló.

Leo a pocas páginas de su inicio: El canto de los pájaros es la fuente de toda melodía. Puedo asegurar que todo lo que sé de melodía me lo han enseñado los pájaros. Y sólo en ese momento, cuando soy devuelta al canto despreocupado que aún resuena a través de la ventana, tomo plena conciencia de la verdad que encierra esa declaración y, con ella, de lo poco que nos debemos a nosotros mismos.

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