Unísono

Juan pasea por la calle. En sus auriculares suena una sinfonía de William Schuman. Atento al discurso musical que le ocupa, el ritmo de sus pasos se sincroniza de manera natural. Cambia de acera al son de las cuerdas. Con el primer contrapunto melódico, justo al doblar la esquina, se topa con dos viandantes enfrascados en lo que podría ser -pero no es- una conversación enconada. Esquiva, continúa  su trayecto, cuando -en ese preciso instante, repentino, tan improbable como el agujero negro que podría un día generarse en el gran acelerador de partículas- la primera nota con la que interviene la trompeta coincide en tiempo y forma con el toque de claxon de un, entonces frente a él, conductor enfurecido.

Todo se detiene en su interior mientras el mundo sigue su curso, ajeno al milagro absurdo del que sólo él ha sido testigo y, por tanto, sólo a él asombra. El unísono le vincula, de manera tan extraña como bella, con el músico desconocido que quince años atrás grabara su interpretación para Naxos, así como con un hombre insignificante que trata de abrirse paso en las concurridas calles de la ciudad. Lo único que podrá para siempre distinguirle de ellos, es que sólo Juan sabrá que las huellas de su paso por el mundo, aun habitándolo en distintas dimensiones, coexistieron fugazmente una vez.

Unísono

 

 

Jínjoles

En ese ejercicio de la observación que se hace más propicio los domingos después de ordenar la casa, voy al encuentro de mis nuevos retratados. Como ya lograran antes otros especímenes, estos jínjoles me retrotraen a la mirada del pintor Alejandro Franco y me pregunto cómo serían inmortalizados por él.

A mi alcance sólo queda una cámara y la esperanza de unos cuantos ceros y unos adecuadamente combinados, de modo que los jínjoles pervivan en un archivo jpg suplantando, así, el deseo subconsciente de agarrar un pincel con los complejos de mis siete años de edad y entregarme por siempre a la acuarela.

Jínjoles

Aguas de agosto

Cuando decido sentarme a escribir este texto, llevo diez minutos asistiendo a un trueno ininterrumpido. Todo ese tiempo, y el que sigue después de haberlo terminado, el cielo se resquebraja, parpadea, ducha el asfalto de una ciudad árida –mi ciudad- que sólo ve llover –si cabe- unas pocas horas cada dos o tres meses. Este es nuestro regalo de fin de agosto para quienes disfrutamos de los últimos días de asueto: el olor de la tierra que se eleva hasta el último piso del último edificio, el ruido blanco que se torna la única música posible para los oídos.

Durante décadas, el tiempo cambiante de agosto en estas tierras determinó las cabañuelas, un método de predicción meteorológica basado en la observación atmosférica ya mucho antes de que los satélites orbitaran el planeta y nuestros teléfonos nos concretaran con precisión, y sin necesidad de asomar el rostro al exterior, la temperatura que hace al otro lado del cristal.

Lluvia

Sin embargo, la lluvia de hoy propicia que una mujer en bata, un joven descamisado con tatuajes en el torso, el perro que ladra al estruendo desde el balcón de enfrente, yo misma y muchos otros nos apostemos en la ventana abierta con la fascinación propia de quien viera un fenómeno raro, como el paso del cometa Halley o el eclipse total de sol que se registró hace unos días por primera vez en un siglo: aun desconocidos, podríamos saludarnos, como si esta lluvia que alivia la calima del verano nos devolviera a un escenario en el que es posible mirar al prójimo sin apartar la vista y, así, dialogar cordialmente sobre un tema que no sea el clima.