Génesis, Música y Memoria

Mnemósine es una personificación de la Memoria. Es hija de Urano y de Gea y pertenece al grupo de las Titánides. Zeus se unió a ella en Pieria durante nueve noches seguidas, y al cabo del año le dio nueve hijas: las Musas.

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Otras tradiciones las presentan como hijas de Harmonía, o de Urano y Gea (la Tierra y el Cielo). Evidentemente, todas estas genealogías son simbólicas, y, de uno u otro modo, se relacionan con unas concepciones filosóficas acerca de la primacía de la Música en el Universo.

Pierre Grimal, en Diccionario de mitología griega y romana

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[…] El suyo, se decía, había dado lugar al nombre de la música, y representaron en la Antigüedad griega la personificación, precisamente, de una mousiké que ordena el caos y sustenta, como elemento armónico, el Universo. Ellas nacen al mundo con su propio sonido, con su voz primordial y reveladora.

Ramón Andrés, en Diccionario de música, mitología, magia y religión.

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Incógnitas

A pesar de la dificultad que encontramos en admitir nuestra ignorancia, consideramos natural seguir haciéndonos preguntas. A cuanto desconocemos ocupan temas que oscilan ambiguamente entre la creencia y la razón, de modo que los debates posibles al respecto los suele ganar el asombro, la incredulidad, la confrontación o el desconcierto. Con independencia de su categoría, sucede que rara vez podemos responder con certeza a ese tipo de preguntas transcendentes, ni siquiera cuando son de carácter sinóptico o debe responderlas la Administración (acaso con un elocuente silencio): de dónde venimos, hay un dios, podré eludir aquella multa de tráfico o volverá a subir la libra esterlina.

Ante el vacío que estas dudas suscitan, de un tiempo a esta parte procuro ocuparme de preguntas prosaicas, que colecciono con independencia de mi capacidad para responderlas, llenando ya una libreta a la que ningún paleógrafo del futuro podría sacar el menor provecho. En ella, me pregunto si podríamos inventar una sola palabra para designar la mirada desorientada de un miope sin sus gafas, o a las personas que nacieron un 29 de febrero. Me pregunto adónde va el agua del mar cuando se retira en marea baja, o cuánto evolucionaría el planeta si toda la especie humana se esfumara en un instante (como ocurriría en un mundo post-apocalíptico, pero sin devastación). Me pregunto si, de existir el infierno, hay que hacer cola para entrar en él, y si también allí la gente trata de entablar conversación poniendo de manifiesto el calor que hace. Me pregunto cuántas personas viajaban en aquel coche que Robert Frank inmortalizó en su fotografía icónica, acercándose desde el horizonte de la llanura americana, o por qué el promedio de los mortales no duda en eludir responsabilidades señalando a su prójimo con el dedo, pero encuentra moralmente reprobable que le acusen con pruebas.

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También me pregunto cuándo sería la primera vez que escuché la Quinta Sinfonía, y en qué suerte de prodigio tuvo que ocurrir desde su creación para que haya pervivido en el imaginario colectivo a través de los tiempos hasta mi llegada, sonando en la mente de tantas generaciones sin excepción e infestando la programación actual de miles de salas de concierto parcialmente ocupadas, en las que los aplausos aleatorios de unos cuantos cientos de oyentes llegan a sincronizarse sin pretenderlo. A decir verdad, tampoco recuerdo una existencia en la que el estribillo de La vie en Rose no llene un buen hueco de nuestra memoria, y por tanto, del universo conocido. Mi vecino, que –por alguna suerte de misterio- pasa bajo mi ventana cada día silbándola puntualmente a las 20:15, así me lo recuerda.

Y en esa intrigante divagación, me pregunto cuántas permutaciones de los doce sonidos reconocidos en la tonalidad occidental son todavía posibles para dar a luz una obra musical coherente, qué posibilidades había de escribir las que ya existen, cuántas combinaciones restan que puedan eclipsarlas y si alguien dará con ellas antes de que la humanidad se esfume en esa hipotética extinción pacífica en la que sólo quedará silencio. Me pregunto cómo será esa música inaudita que nadie jamás bailará, si aguarda en el limbo de esos planetas sonoros que Pitágoras imaginó y que las sondas espaciales empiezan apenas a vislumbrar.